Es menester reconocer la diferencia que existe entre los ideales genuinos y los ficticios, distinción tan fundamental como la que se da entre lo verdadero y lo falso. Todos los ideales genuinos expresan el deseo de algo que todavía no se ha realizado, pero que es necesario para el desarrollo y el bienestar de la sociedad. Sabemos que la pobreza, el hambre, la intimidación y el aislamiento están dirigidos contra ese bienestar. La revolución de Chávez no es genuina porque sus ideales son ficticios y sus resultados nefastos para ese bienestar.
A medida que el presidente se confronta con el fracaso de su proyecto político (según él, revolución), se ve cada vez más aislado, abrumado por las dudas y por sentimientos de soledad e impotencia; le surgen entonces impulsos de destrucción y un anhelo de poder desmesurado. Se abusa de la palabra para
ocultar la verdad. Se juega con la ingenuidad e inocencia de nuestro pueblo para encubrir los devaneos y delirios de un enfermo de soberbia. Se pretende
subordinarnos y manipularnos con la incontinencia del verbo populista y falso.
¿Y entonces porque no reaccionamos? ¿Tenemos temor?
El miedo a la libertad es la manifestación de una crisis profunda que abarca los cimientos mismos de nuestra nación. Para fortalecer nuestro espirito democrático debemos reemplazar la manipulación impune y el enfrentamiento
permanente, dinamos de la anarquía, por la cooperación activa e inteligente
extendiendo el principio del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo involucrando a todas las esferas sociales para de esa forma tener condiciones políticas, sociales y económicas dirigidas al desarrollo pleno de nuestra nación. Debemos unirnos, solidificando la conciencia colectiva para marchar como un ente único contra el despotismo.
Para quien carece de poder, la justicia y la fortaleza moral que deriva de la
defensa de la verdad constituyen las armas más importantes en la rebelión
dirigida a defender la democracia y la libertad.
La victoria sobre todas las formas de sistemas autoritarios será únicamente
posible si la democracia no retrocede, asume la ofensiva y avanza para realizar
su propio fin, tal como lo concibieron aquellos que lucharon por nuestra libertad.
Democracia y Revolución en Venezuela: ¿Un fraude?
No existen sistemas de gobierno que necesiten tanto de grandes líderes
como la democracia, básicamente porque esta no se ejecuta por sí misma; es
necesario el liderazgo para hacerla nacer y desenvolverla. Los grandes líderes
democráticos son visionarios. Poseen un instinto para el futuro de sus naciones, un rumbo a seguir e un puerto a alcanzar.
La Venezuela democrática ha sufrido en carne propia esa ausencia de liderazgo
viendo como frecuentemente ese papel ha sido asumido por seudo-líderes , muchas veces con falta de preparación y conocimientos para la tarea de gobernación y otras veces por caudillos populistas que se enquistan como un tumor carcomiendo los pilares morales y políticos de la nación jugando con sus sueños y esperanzas.
Desde Páez hasta Chávez este país ha sido cubierto por la maldición de la incapacidad de sus dirigentes políticos. Nos han vendido ilusiones y nos han timado. Se ha jugado con la ignorancia e ingenuidad de nuestro pueblo. Hoy,
solo quedan frustraciones y rencores. Una nación astillada y sumergida en la
mas profunda crisis moral y financiera que jamás haya conocido.
Por eso no se entiende que el pueblo no acabe de despertar: Hombres como Chávez se encaraman al poder con el objetivo de satisfacer sus deseos de poder y sus proyectos megalómanos. Hay que apearlo del caballito de su seudo revolución. Una revolución que no pasa de un gigantesco fraude: mas hambre, mas pobreza, mas injusticia, menos desarrollo, castas sociales (los militares) privilegiados por encima del resto de la sociedad civil: ¿son estos los predicados de la revolución?
Debemos despertar nuestras conciencias. Cuando nuestro pueblo asuma intrínsicamente su lucha por la libertad y el verdadero espirito democrático, a ese pueblo, no lo parará nadie. Y nuestro primer grito de rebelión debe ser lanzado para luchar por nuestros derechos y nuestras libertades.
Los déspotas no sobreviven a la férrea voluntad democrática de los
pueblos. Pero esa voluntad solo se construye con conciencias limpias y libres;
con hombres que crean y luchen por sus principios. Que defiendan sus derechos
practicando sus deberes. Así, seremos verdaderamente libres e iguales
fortaleciéndonos como nación cumpliendo con él autentico sueño de Bolívar.
El pueblo aguarda con serenidad. La serenidad es, sin dudar, el primer
paso para suprimir toda forma de miedo.