El pueblo venezolano se echará a firmar masiva y pacíficamente a partir del 28 de noviembre. Nada ni nadie podrá impedirlo o evitarlo. No habrá cárceles imaginarias para tantos millones ni tantos cientos de miles de sobre azules para tantos venezolanos que no han mendigado jamás de rodillas por un plato de lentejas.
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Los norteamericanos, ricos en proezas y pobres en mitos -lo cual es motivo de su pragmatismo extraordinariamente fructífero y su fría y provechosa racionalidad- han amado sus fábulas infantiles y han venerado a Walt Disney, el Homero de la literatura animada de esa gran civilización de sedientos buscadores de oro y tenaces constructores de ferrocarriles. En algún momento de máxima idiotía, la izquierda intelectual chilena se dio a la tarea de descubrir al agente de la CIA que latía tras el ingenuo rostro de Tribilín y el capitalista avaricioso y cruento que pretendía dominarnos sumergiéndose en la piscina de relucientes monedas de oro del Rico Mc Pato. No se salvaron Hugo, Paco y Luis ni mucho menos su tío el Pato Donald ni su novia la pata Daisy de verse escarnecidos como agentes del imperialismo norteamericano. Lo insólito es que el responsable de tan absurda semiología de la animación fue nuestro buen amigo Ariel Dorfman que era, de entre todos nosotros - izquierdosos estudiantes de filosofía del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile-, el único pitiyanqui. Gustaba calzar zapatillas de básquetbol y usar gorras beisboleras, cuando en Chile el béisbol era absolutamente desconocido y el básquet deporte del norteamericano y súper exclusivo colegio Saint George. Cosas del subdesarrollo.
Los que nos criamos en barrios populares y en familias comunistas gozábamos en cambio guareciéndonos del abrasador sol del verano santiaguino a la sombra de alguna morera, leyendo con pasión esos gordos y pequeños volúmenes de Walt Disney, que no sólo nos sumergían en maravillosas historias de piratas y tesoros, de selvas y ventisqueros, sino que nos permitían la ilusión de poder animar con el solo correr de las esquinas superiores de las hojas bajo la presión del pulgar y el índice una mini película de dibujos animados. He pasado tardes enteras zambullido en las aventuras del ratón Mickey, de Pete Pata de Palo y su pandilla de chicos malos y sobre todo de los tres graciosos cochinitos y el lobo siniestro que jamás vence sobre la sagacidad y la astucia de sus eternas víctimas. Cuánta seguridad aprendimos a tener siguiendo las enseñanzas que nos traían los tres cochinitos y su gruñón pater familias con esa permanente lección de unión, de solidaridad, de templanza y nobleza. Venía el lobo, desarrapado y furibundo, henchidos sus carrillos con el viento con que pensaba echar abajo la frágil casita del bosque en que se guarecían los cochinitos, para salir siempre trasquilado. ¿Quién le tiene miedo al lobo?
Años después, estudiante en la universidad de Berlín, me apasioné con la maravillosa película en blanco y negro de Mike Nichols según la historia de Edward Albee ¿Quién te tiene miedo a Virginia Woolf? (1966) con Elisabeth Taylor, Richard Burton, Sanndy Denis y George Segal. Todo esto me viene al recuerdo al ver los resoplidos que nos viene echando el lobo de la V República a ver si derrumba las paredes del Reafirmazo y logra seguir gobernando echado en los laureles del supuesto terror que despierta entre los súbditos del reino. Se asoma -si es posible uniformado, que así cree infundirnos más espeluzne- en cuanto acto cuartelero cultural se le presenta para resoplar contra la oficialidad de la Fuerza Armada, contra los funcionarios públicos, contra nuestras modestas amas de casa y contra cuanto bicho de uña imagina se está aprontando para estampar su millonaria y dejar las huellas dactilares de su vocación democrática. Dan ganas de soltar la carcajada, si tras tan indigno gesto no se escondiera el aprendiz de brujo, y preguntar a voz en cuello: ¿Quién le tiene miedo a Chávez Frías?
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Al tiranuelo se le están viendo las costuras. Incluso temo que de tanto inútil resoplido comencemos a agarrarle compasión. Lo cierto es que cuesta amedrentar a un venezolano. Para explicar las razones que me asisten suelo contar dos hechos históricos suficientemente documentados. El primero se refiere a la cantidad de vidas que le costó a la Capitanía General conquistar su independencia: un cuarto de millón de almas. Lo certifica antes que nadie el propio Bolívar. Y nadie lo ha desmentido hasta el día de hoy, desde calificados geógrafos como Pedro Cunill Grau hasta historiadores de certidumbres más bien sospechosas como Federico Brito Figueroa. A lo que habría que sumar la indeterminada, pero probable cifra de más de un centenar de miles de muertos en los espantosos desastres de la Guerra Larga o Federal, en la que sobresaliera como primer pirómano de la república el mismísimo Ezequiel Zamora.
El segundo hecho lo narra el General José Antonio Páez y dado lo extraordinario del suceso prefiero darle la palabra: "Esto resuelto, convoqué a todos los vecinos de la ciudad de San Fernando a una reunión, en la cual les participé la resolución que tenía de abandonar todos los pueblos y dejar al enemigo pasar los ríos Apure y Arauca sin oposición, para atraerlo a los desiertos ya citados. Aquellos impertérritos ciudadanos acogieron mi idea con unanimidad y me propusieron reducir la ciudad a cenizas para impedir que sirviese al enemigo de base de operaciones militares muy importantes, manifestándome además que todos ellos estaban dispuestos a dar fuego a sus casas con sus propias manos cuando llegara el caso y tomar las armas para incorporarse al ejército libertador. Ejecutóse así aquella sublime resolución al presentarse el ejército realista en la ribera izquierda del río. úOh! úTiempos aquellos de verdadero amor a la libertad!".(*)
Estos hechos son tanto más resaltantes, cuanto que en los mismos años la vecina isla de Cuba importaba alrededor de medio millón de esclavos africanos para alimentar su voraz industria azucarera y ponía ingentes recursos monetarios para financiar la guerra de España contra los movimientos independentistas del continente americano. Cuba, y no es malo traerlo a la memoria para vergüenza de quienes la consideran hoy el paraíso terrenal, fue una de las más poderosas aliadas de la metrópoli en su lucha contra Bolívar, quien debió postergar sine die su proyecto de invadirla a ella y a Puerto Rico para culminar su obra americana pendiente, pues ambas islas fueron los últimos enclaves del imperialismo español. ∆l y Sucre temieron casi hasta el fin de sus vidas por la invasión final del Imperio que, fracasado Morillo, vendría desde sendas islas del encanto. ¿Qué hubiera sido de Cuba de haberse topado con su independencia de la mano de Bolívar y sus llaneros a comienzos del diecinueve, como Dios mandaba y no la hubiera recibido de regalo en la proa de las cañoneras norteamericanas en 1898? ¿Se hubiera tropezado siglo y medio después con el tirano que le ha escamoteado medio siglo de libertad? ¿Hubiera estado inoculada contra la abyección de repugnantes dictadorzuelos, véase el Dr. Castro, como lo estamos nosotros?
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Hoy, casi doscientos años después de esa independencia que quedó pendiente en Cuba para siempre y convirtió a Venezuela en la patria libertaria que, a pesar de los pesares, continúa siendo, pretende su epígono infundirnos temor. ¿Quién le tiene miedo a Hugo Rafael Chávez Frías? Yo quisiera traer a colación dos refranes caninos que podrían darnos algunas luces sobre los acontecimientos sobre los que somos históricos y privilegiados protagonistas los venezolanos: perro que ladra no muerde y muerto el perro se acabó la rabia.
Para impedir el Reafirmazo, para burlarle con recursos fraudulentos o para minimizar sus efectos devastadores sobre el régimen, Chávez tendría que ser capaz de echar a andar una represión comparable a la que pretendiera Morillo sobre nuestra naciente república. Al precio de un brutal fracaso. Ni Gómez: "misterioso y terrible como la noche", "ángel y tigra parida", "el paranoico, el monstruo, la ignominia de los Andes Equinocciales" -como lo calificaran sus contemporáneos- pudo impedir la expresión de esa voluntad levantisca, igualitaria y corajuda de un puñado de muchachitos venezolanos que se burlaran en sus barbas de su tiranía, preparando el camino de la democracia. Entre ellos Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Isaac Pardo, Luis Beltrán Prieto Figueroa. Esos son los ancestros directos de estas luchas que nos enorgullecen, de estos combates que han impedido el establecimiento y la consolidación en nuestra Venezuela democrática e igualitaria de una tiranía de nuevo signo. Por eso, sabiéndose perdido, monta un gigantesco fraude: copa con malas artes todas las instancias operativas del CNE a espaldas de nuestros dos representantes y con el complaciente beneplácito del trío que dirige el Dr. Carrasquero, chavista hasta la médula, así se rasgue sus vestiduras en pretendida imparcialidad.
Pero es imposible remar contra las profundas corrientes de la historia. Los pueblos avanzan con la potencia de los deslaves y la fuerza de las torrenteras. Sólo los memos, los necios o los pobres de espíritu pueden pretender levantar "la espada de Bolívar por América Latina" y esperar algo que no sea la resurrección de viejos e inútiles fantasmas. Bolívar descansa en su tumba, malversado por los oportunistas, los miserables y los bobos, como él mismo lo presagiara en aquella carta a Antonio Leocadio Guzmán de 1829, y que es bueno volver a citar para vergüenza de los estúpidos o los estafadores que hoy lo invocan: "si algunas personas interpretan siniestramente mi modo de pensar y en él apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable; con mi nombre se quiere hacer el bien y el mal, y muchos lo invocan como el texto de sus disparates".
El pueblo venezolano se echará a firmar masiva y pacíficamente a partir del 28 de noviembre. Nada ni nadie podrá impedirlo o evitarlo. No habrá cárceles imaginarias para tantos millones ni tantos cientos de miles de sobre azules para tantos venezolanos que no han mendigado jamás de rodillas por un plato de lentejas. Quien tanto se ha escarbado los entredientes con el nombre de Bolívar recibirá una prueba inequívoca de que la patria del Libertador sigue tan viva y tan orgullosa como siempre. Y que le ha salido al paso.
¿Quién le tiene miedo a Huguito?
(*): Autobiografía de José Antonio Páez, Tomo I, pág. 158. Caracas, 1987.
email:sanchez2000@cantv.net
Publicado por Nelson Amaral Duarte em Octubre 27, 2003 09:55 PMyo creo que el problema venezolano no está en Chavez, peró en las circonstancias que lo llevaron a tornarse presidente.Eso si deveria ser analisado.Yo no soy por Chavez, porque todos sabemos que ese tu
ipo de politica no ha dado cierto en el mundo-Castro esta solo sin apoyos internacionales,etc.El sueño si,ese es muy bonito,todavia no podemos vivir de sueños. Peró se ud. analisar la politica de otros presidentes como Caldera ò el ex-condenado por corrupcion(que tristeza para un presidente!), todos ellos no han dado mejor tratamiento a Venezuela...Un país que yo amo, que conosco muy bien, donde tengo familiares y qye me ha dado oportunidades de ser artista.Para Venezuela y sus gentes, para las tradiciones maravillosas y el trabajo delos venezolanos mis aplausos,para los politicos tipo Andrés Perez mis lamentos...