En Ciencia Política la idea de participación tiene un profundo significado e especial importancia a la hora de analizar, interpretar y valorar la democracia como sistema de gobierno y forma de vida social. En efecto, no se puede soslayar que la participación es consubstancial con la democracia, al punto de afirmarse que la existencia, desarrollo y perfectibilidad del régimen democrático depende del grado de participación que en él se observe.
En Ciencia Política la idea de participación tiene un profundo significado e especial importancia a la hora de analizar, interpretar y valorar la democracia como sistema de gobierno y forma de vida social. En efecto, no se puede soslayar que la participación es consubstancial con la democracia, al punto de afirmarse que la existencia, desarrollo y perfectibilidad del régimen democrático depende del grado de participación que en él se observe.
Valga significar, no se concibe la genuina democracia sin la participación activa de los ciudadanos; de ahí que (por muy buena intención que se tenga) se incurre en un pleonasmo cuando se habla y escribe sobre la llamada democracia participativa: la democracia para que sea tal, requiere –necesaria e indispensablemente- de la participación (activa y efectiva) de los ciudadanos, no sólo en el mero conocimiento de los asuntos públicos sino en lo que atañe a la búsqueda y concepción de métodos o vías destinadas al tratamiento de los mismos, esencialmente en orden al examen y puesta en práctica de las soluciones efectivas a los problemas (comunales o sociales) inherentes a tales asuntos.
Por otra parte, conviene subrayar: una cosa es contentarse con una participación aislada o limitada de los ciudadanos en lo atinente a los asuntos comunitarios; y otra, muy distinta, es propugnar y lograr mayor participación del pueblo con el propósito de perfeccionar la democracia. El papel y la función del pueblo, en el ejercicio activo de la democracia, no debe circunscribirse a ser mero espectador de los hechos, decisiones y acontecimientos de los que es esencial protagonista. En otras palabras, lo reiteramos: la mera democracia representativa (el solo hecho de convocar periódicamente a los ciudadanos para que elijan a sus representantes), constituye una limitación al ejercicio del régimen democrático. Y, el hecho de que se procure y propugne una expansión de la participación cívica o que se luche por ampliarla, no significa –en puridad de verdad- que estemos en presencia de una evolución de la democracia representativa o indirecta: la representatividad, es un elemento de la democracia (muy importante, por cierto); y la participación es otro elemento, en nuestro concepto, de mayor trascendencia.
Las raíces del concepto de participación cívica y su relación consubstancial con la democracia, las encontramos en la antigua Grecia. La Política, entendida como todo aquello que se relacionaba con la vida de la polis (la ciudad), interesaba sobremanera al hombre libre. Mucho le debemos al interés de los atenienses, digamos, a sus inquietudes acerca del principio, finalidad y trascendencia del hombre en todos los órdenes y aspectos. En ese contexto se hallaba la preocupación de los grandes pensadores griegos por la búsqueda de un paradigma en lo atinente a la vida en sociedad, dentro de la cual se ubicaba el orden que debía concretar la estructura política en general. Ellos tenían claro, según su creencia, que los dioses inspiradores de su conducta y comportamiento también aseguraban la vida en un clima de paz, armonía y sana convivencia entre los hombres; por consiguiente, cualquier evento o amago que violentara esa “especial concordia” era estimado como estigma maligno, así la guerra como los ímpetus de los jefes que sólo querían concentrar el poder para sí. De este modo, desde entonces, se asentaban las bases para considerar la democracia no sólo como una de las formas puras de gobierno, de las que hablaba Aristóteles, sino como sistema de vida comunal, en especial como la única modalidad de gobierno en la que el hombre tenía abierto y garantizado el objetivo de participar no solo para su beneficio particular sino –lo que se estima más importante y significativo- para lograr y ampliar el progreso colectivo.
Con gran razón y sentido analítico y visionario, el gran tribuno Pericles proclamó (en su oración ante la tumba de los atenienses caídos en la guerra del Peloponeso):“Consideramos al ciudadano ajeno a los asuntos públicos no como un amigo de la quietud, sino como un ser inútil”. En esa frase encontramos, la ratio essendi de la participación ciudadana como elemento clave para la cabal comprensión del ideal democrático. Fijémonos: los asuntos públicos, por su naturaleza y proyección, atañen por igual a todos y cada uno de los componentes de la comunidad. Evidentemente, la participación e intervención consciente –en sentido constructivo y positivo- reviste especial significado para la creación, el progreso y el avance de la sociedad en todos sus órdenes y aspectos.
De ahí que la democracia, se recalca, más que una forma de gobierno constituya un estilo de vida en la que el ciudadano tiene la obligación de participar. Por eso, tiene el derecho de estar informado de las cosas que atañen a la vida comunal. En la participación activa ubicamos la esencia de la democracia. Por eso, el mismo Pericles en aquella misma ocasión, puntualizó:"La administración de la república no está en pocos sino en muchos. Por eso, cada uno de nosotros, de cualquier estado o condición que sea, si tiene algún conocimiento en virtud, está tan obligado a procurar el bien y honra de la ciudad como los otros. Y no será nombrado para cargo alguno, ni honrado por su linaje ni solar, sino tan sólo por su virtud y bondad". En tal sentido, quien no participaba se convertía prácticamente en un ser sin sentido lógico de la vida, en un parásito, mudo o algo parecido, pues faltaba a un especial deber por no intervenir en el conocimiento y solución de los problemas que eran comunes a todos los integrantes del grupo social. Evidentemente, entonces como ahora, era conveniente y necesario buscar en el seno de la sociedad a los más capaces, a los mas idóneos (no necesariamente los aristócratas clásicos) para asumir la conducción de lo asuntos públicos; individuos que justamente por su conocimiento y preparación, estuvieran prestos a buscar a oportuna asesoría, la cabal consulta y, sobre todo, que tuvieran por norte el respeto a la plena independencia de las distintas funciones y poderes públicos, o que implicaba (e implica) huir de la concentración del Poder Público en una sola mano; tal situación estaba y está en abierta contradicción con la democracia y un contrasentido respecto de la necesaria participación del pueblo en los asuntos que directamente le atañen.
Estas ideas (reflejo de realidades), nos indican que el afán a favor de la instauración de un régimen autocrático, esto es, que se trace como meta la concentración, el control y dominio de todas las ramas y funciones del Poder Público en una sola persona, se tropieza de plano con la genuina esencia de la democracia. Existe una antinomia entre democracia (régimen de libertades) y el empeño por dominar todas las instancias del poder en función bien de un ímpetu exclusivista o egoísta o bien con el propósito de satisfacer planteamientos ideológicos totalmente desfasados y comprobadamente inviables.
En Venezuela, nuestra amenazada democracia aún contempla formas que buscan una mayor participación del pueblo en los asuntos públicos: los planteamientos, por ejemplo, a favor de los referéndums (como medios de expresión de la democracia semidirecta), expuestos con motivo de la Reforma Constitucional formulada desde 1989, fueron acogidos favorablemente en la Constitución de 1999. Dentro de estos mecanismos, encontramos el Referéndum Revocatorio, previsto en el Art. 72 de la Carta Magna.
El pueblo reclama y exige, de modo firme, consecuente y patrióticamente reiterado, la aplicación de esta modalidad de participación cívica, como una salida constitucional y pacífica a la extrema crisis (política, social y económica) que nos afecta. Estamos en camino de hacer realidad esa diligencia. A quienes no beneficia el Referéndum no les falta la intención y el empeño para torpedearlo, dilatarlo y sabotearlo, no importan los medios. Para ellos, poco importa la voluntad mayoritaria del pueblo; para ellos la democracia, en su genuina significación, es un obstáculo para sus fines inconfesables de dominación.
Siendo el Referéndum Revocatorio una clara expresión de un derecho constitucional, una modalidad de la participación política, debe ser respetado en toda su extensión: es cobarde avalar y, por tanto, no se justifica ninguna traba, maniobra o inconveniente de parte del sector que trata de pertrecharse en los parapetos del poder, intentando demorar y obstaculizar por todos los medios a su alcance la libre y legítima aspiración de las grandes mayorías nacionales. Se quiere impedir, a toda costa, una salida democrática. Frente a esa absurda e ilógica pretensión, el pueblo puede levantarse con ímpetus de impredecible proporción y consecuencias. Estamos al lado de la expresión mayoritaria del pueblo amparado en la justeza de su lucha y contra ese empeño no se pueden afincar las garras de la opresión y la tiranía.
Nos solidarizamos con los que consideran que el Referéndum Revocatorio es un primer paso para enrumbarnos por senderos que nos conduzcan –de modo más seguro y efectivo- hacia la superación de los grandes problemas nacionales y, esencialmente, un instrumento (de especial significado y trascendencia) para el perfeccionamiento de la democracia.
Reinaldo Ramírez Méndez
reiramm@hotmail.com