Ese era el título de una canción que tarareaba con unas compañeras de estudio por las calles de Sevilla hace más de veinte años. El significado que daba a aquella canción no era el mismo que tiene para mí hoy. Y se me viene a la cabeza aquella frase, porque inevitablemente me preocupa el radical enfrentamiento que existe en algunos sectores de la sociedad de nuestro país.
Ese era el título de una canción que tarareaba con unas compañeras de estudio por las calles de Sevilla hace más de veinte años. El significado que daba a aquella canción no era el mismo que tiene para mí hoy. Y se me viene a la cabeza aquella frase, porque inevitablemente me preocupa el radical enfrentamiento que existe en algunos sectores de la sociedad de nuestro país.
Muchos esperamos en los próximos meses lograr la materialización de una expectativa, como lo es el regreso al estado de derecho, el respeto a las garantías constitucionales, la implantación de la verdadera democracia. En definitiva, percibimos que nos acercamos a la libertad.
Esa libertad que anhelamos como nunca antes, esa libertad que hoy hemos aprendido a valorar como jamás lo hicimos, esa libertad que demandamos ejercer y que no supimos que teníamos.
Es la libertad que necesitamos aprender a administrar con equidad, con imparcialidad y con entereza. La libertad que nos ganamos con honra, que no con vicios ni inmoralidades.
Ni mucho menos con desviaciones corruptas o prebendas cómplices.
La libertad llena de afán de trabajar dentro de una humanidad diferenciada en sus razas, sus colores, sus procedencias. En sus creencias, en sus ideas, en sus posiciones. Definitivamente una libertad que nos brinda la armonía y la paz.
“Los países mejor cultivados no son los más fértiles, sino los más libres”, enseña el Barón de Montesquieu. Lo difícil se nos presenta cuando nos situamos en un país convulsionado que ha sido víctima de injusticias y severos contratiempos, donde se ha logrado enfrentar a unos y otros como dos bandos enemigos, que no lo son ni deberán serlo, en bien del futuro de los venezolanos que vienen, y en cuyas manos estará el porvenir desdichado o afortunado que ansíen.
Precisamos imperiosamente ser libres. Pero dentro de una libertad que nos sitúa lejos de la esclavitud de animadversiones y resentimientos. Que no deberá confundirse con impunidad, ni tampoco con un despotismo estéril sembrador de breña en un huerto urgido de rectitud.
Seremos más libres entonces, en la medida que nuestra capacidad de reflexionar, juzgar y determinar los límites dentro de los cuales podamos actuar, crezca. En la misma medida que nos responsabilicemos de las consecuencias de nuestros actos, obtendremos los beneficios de la libertad que deseamos. Una libertad que nos enorgullecerá, como estado acogedor y democrático que somos. Pero repito, esa libertad a la que nos acercamos, para que sea verdadera, deberá practicarse sin rencor, sin resentimiento, sin odio. Una libertad auténtica y positiva, imparcial y justa, una libertad libre. Una libertad sin ira.
Ana Maria Valeri
email:anamariavaleri@supercable.net.ve
yo soy una Venezolana mas que por cosas de la vida o mejor dicho del corazon em toca estar en Londres, y quisiera saber el correo electronico del sacerdote Ricardo Bulmez, me gustaria muchisimo poder interactuar con una persona tan positiva y de la cual he aprendido tanto a traves de la lectura de su libro " el arte de combinar el si con el no"
Afixado por: maria veronica toro em Abril 23, 2004 02:00 PM