La conspiración y el engaño están íntimamente imbricados. La primera existe probablemente desde que la especie humana se organizó en sociedad. Tal como se la conoce hoy, la conspiración es un plan secreto preparatorio de un delito, con un motivo ulterior definido, conocido sólo por quienes participan de ella.
La conspiración y el engaño están íntimamente imbricados. La primera existe probablemente desde que la especie humana se organizó en sociedad. Tal como se la conoce hoy, la conspiración es un plan secreto preparatorio de un delito, con un motivo ulterior definido, conocido sólo por quienes participan de ella. Las conspiraciones no sólo han influenciado el curso de la historia, sino que también es posible, según opinión de algunos expertos, que ella sea el resultado planificado de muchas conspiraciones. Sin embargo, la clandestinidad típica de las conspiraciones conforma un terreno peligroso para los historiadores, temerosos de ser asociados con aquellos estudiosos que ponderan obsesivamente casos como el asesinato de John F. Kennedy o hasta el mundo fantástico de la serie televisiva Expedientes Secretos. Si algo sucede en política, se podría pensar que fue planificado de esa manera. Conspiraciones llevaron al poder a Napoleón, Lenin, Hitler, Franco, Perón, Hussein, quienes estuvieron detrás de golpes de estado y de revoluciones. Conspiraciones depusieron a Arbenz, Trujillo, al Gang de los Cuatro, Allende. Quizás su víctima más famosa sea Julio César, cuyo asesinato, ejecutado con el propósito de impedir la conducción de la República hacia el Imperio, no evitó la instauración del mismo. La Venezuela pre-republicana conoció la conspiración de Gual y España, que parece haber influenciado al movimiento emancipador hispanoamericano. Gómez, Pérez Jiménez, Gallegos, fueron elevados o depuestos del poder por conspiraciones.
Tales conspiraciones produjeron eventos específicos: muertes inocentes, un líder asesinado o un barco hundido. Pero ello es diferente a controlar la historia. El pueblo reacciona al hecho conspirativo. Las reacciones son impredecibles e incontrolables, generan consecuencias en cadena. Cada evento es el producto de individuos y grupos que persiguen sus propios intereses, entrelazan sus esfuerzos, eliminan, modifican o refuerzan sus planes. Cada quien provoca un impacto, grande o pequeño. Pero nadie tiene el control. La Teoría de la Conspiración señala, precisamente, que alguien tiene el control, lo que es la clave de su gran atractivo. Pero la debilidad de toda conspiración estriba en el hecho de que sus secretos pueden ser desenmascarados.
La gran conspiración gubernamental
Con sistemática frecuencia, el Gobierno Venezolano acusa de conspiradores a los miembros de la oposición democrática y a quienes disienten de sus designios autocráticos, incluyendo a los medios de comunicación social privados. Pero al analizar cuidadosamente los actos, estrategias, programas y pensamientos gubernamentales y su desarrollo cronológico se obtiene otra conclusión. La Venezuela actual está inmersa en una gigantesca conspiración gubernamental diabólicamente dirigida. Conspiración porque el Presidente no fue electo para conducir al país hacia un destino de confrontación, odio, pobreza, sin libertad ni bienestar, transitando el autocrático camino de la subordinación total de los poderes constitucionales a su arbitrio, con lo cual se transformó en legislador. Engañó al pueblo. Nacida antes del cruento putsch de 1992, la conspiración gubernamental de hoy contra el pensar diferente a los lineamientos del poder Ejecutivo dejó de ser clandestina en diciembre de 2001, con la huelga general. Y avanza.
Más allá del acoso ilegal a la televisora privada Globovisión, varios hechos recientes, tres de ellos perversamente programados y concatenados, profundizan la conspiración gubernamental, agravando el deterioro político del país. Primero, la calculada omisión del sector oficial en la Asamblea Nacional (AN) para designar a los miembros del Consejo Nacional Electoral (CNE), culpando del fracaso a la oposición minoritaria. Segundo, a los ojos de la opinión pública mayormente desinformada, el anuncio del presidente del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) para designar ellos a los miembros del CNE, en substitución de la AN, fue recibido ingenuamente como una saludable decisión. Pero lo cierto fue que, en tercer lugar, el “Prohibido equivocarse” pronunciado por su presidente sirvió al TSJ para confundir al país y extender la conspiración gubernamental. Se designó entonces al colega paisano, supuestamente un ilustre académico, como fiel de la balanza en el CNE, a sabiendas de que no lo sería. Así se involucró la Sala Constitucional del TSJ y el CNE en la estrategia expresa de enlodar el procedimiento revocatorio.
Algunos personajes
Pero, ¿quiénes son estos dos personajes opacos? El presidente del TSJ es bien conocido desde los años 90. Fue nombrado magistrado sin las credenciales académicas suficientes. Designado luego como presidente del TSJ, aún no había concluido su tesis doctoral, lo que dejaba dudas y generaba suspicacias sobre su solvencia académica para tan alto cargo. Pero pesó más su inclinación política. Cabe preguntarse si el tutor de su tesis doctoral o los miembros del jurado examinador de la misma no habrían sido más competentes para dirigir al TSJ, por encontrarse en un nivel académico superior. Refiriéndose al presidente del CNE, cuando apenas fue designado, un viejo amigo zuliano escribió hace poco en esta revista : “…tengo por experiencia propia profundas reservas morales; y cuya cuestionada gestión como Decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de L.U.Z. y Rector de la Universidad Rafael María Baralt, resultó de ‘componendas partidistas’, incluso con el ‘puntofijismo’…” (sic). ¡Vaya académico! Abundan otros análisis y opiniones sobre este personaje, suficientemente sustentados (Aníbal Romero , El Nacional, 19-11-03, A-10), y en otros tildado de “censor” (Héctor Faúndez Ledesma, El Nacional, 20-11-03, A-12). El reglamento general de los procedimientos revocatorios, descaradamente restrictivo e inclinado hacia el sector oficial, la burda negación de las firmas de venezolanos en el exterior y el reglamento sobre la propaganda previa a referendos son decisiones que muestran inequívocamente la sumisión del presidente del CNE al Poder Ejecutivo y de su ajuste a la gran conspiración gubernamental. Los instrumentos citados contienen decisiones flagrantemente violatorias de la constitución al afectar, particularmente, la libertad de expresión y la información oportuna (Héctor Faúndez Ledesma, En Nacional, 20-11-02 A-12).
Avanza la conspiración
La conspiración gubernamental continúa con la supresión arbitraria de la Corte Primera de lo Contencioso Administrativo, cuyas consecuencias son la denegación de justicia al quedar paralizados los juicios pendientes, sin ofrecer la inmediata e indispensable respuesta jurídica sustitutiva al país. Los proyectos de leyes que el sector oficial desea aprobar rápidamente (del TSJ, de la Policía Nacional y la llamada Ley Mordaza), intentando acallar a la oposición con continuas modificaciones del Reglamento Interno de Debates de la AN evidencian el talante conspirativo-autocrático del régimen. La conspiración gubernamental desembocará en el probable desconocimiento de la convocatoria al referendo revocatorio que haría el CNE, como resultado del Reafirmazo. Ya que sus ansias de poder son inmensas y ante la posibilidad cierta de ser expulsado democráticamente, el Presidente, controlador de la gran conspiración gubernamental, desconocerá los resultados que no le favorezcan y llamará a la insurrección a sus seguidores, lo que significaría enfrentamiento y tragedia entre venezolanos. ¿Le importarán las consecuencias, recordando que la conspiración es delito y la reacción de la masa es impredecible e incontrolable? El derecho del pueblo al ejercicio del referendo revocatorio es constitucional y democrático y, en consecuencia, incuestionable.
Esta gigantesca conspiración gubernamental no calza en la concepción globalmente aceptada de lo que es una conspiración, pues no es dirigida por elementos externos al poder constituido para deponerlo, sino por el propio Gobierno para afianzarse y destruir a la oposición democrática y al país mismo, nivelándolo por la base.
La política del engaño
Es inevitable tener que recurrir al “maquiavelismo” cuando se lo interpreta para denotar el engaño político, la intriga y los métodos inescrupulosos asociados. Sin embargo, antes de Maquiavelo, pero fundamentalmente después de él, la historia está llena de registros sobre manipulación, mentira y engaños practicados por dirigentes políticos. De una población de 350.000 personas, más de cien mil inocentes perecieron por el bombardeo atómico sobre Hiroshima. Al describir poco después a la ciudad como “una importante base del ejército japonés”, para justificar la exacción, el presidente Harry Truman engañó a su nación y al mundo. Richard Nixon quiso hacer otro tanto en el caso Watergate, pero la acción le costó la presidencia. Josef Stalin, el perverso maestro del engaño, no sólo le mintió al mundo, sino que cometió el más monstruoso genocidio en nombre del comunismo. Hitler y Mussolini arribaron al poder sobre la base del engaño, la mentira y el crimen. Kennedy, Johnson y Nixon engañaron a la nación estadounidense sobre lo que sucedía en Vietnam.
El engaño gubernamental
Guardando distancias, Venezuela no es la excepción. Con variados matices, dictadores y demócratas de la contemporaneidad venezolana le han mentido profusamente a la población, particularmente en las campañas electorales. Pero la práctica del Presidente, imitada por quienes en su entorno cumplen funciones públicas, excede los límites de una sana racionalidad y evidencia su paranoia. No existe parangón regional frente a tal distorsión sistemática de la inteligencia. Su discurso está sustentado sobre una polifacética y perversa estrategia que comprende resentimiento, ofensas, amenazas e intimidación, mitos, medias verdades, tergiversaciones, fraude y ocultamiento, escatología, suposiciones presentadas como si fueran realidades y sucesos viejos como si hoy fueran relevantes, anuncios y citas equivocadas, mentiras alucinantes, creación de temores infundados, declaraciones atrevidas y distorsión de la realidad.
Es el único Presidente que ha empleado la propaganda como la principal estrategia para vender sus políticas, en lugar de presentar hechos concretos. Tanto en artículos como en su ensayo: Why I write, George Orwell expresó claramente el terrible peligro de la propaganda al manifestar, que lo importante era la relevancia y dificultad de expresar la verdad en una época de intriga y engaño político. Hoy se acepta como propaganda cualquier esquema organizado que promueva deliberadamente una visión unilateral para apoyar un punto de vista particular, credo o creencia. Se la asocia con engaño, conspiración, traición, manipulación y genocidio.
Llegado al poder, las ideas políticas ocultas del Presidente comenzaron a ser ejecutadas decidida y rápidamente, antes de que la población, confiada y esperanzada en el cambio favorable prometido, tuviera tiempo de reaccionar. ¡Monumental engaño político! ¡Flagrante traición al electorado! La oposición democrática, disminuida y sorprendida con la guardia baja, flaqueó también ante la tentación del fácil engaño como respuesta; debilitada por contradicciones -Altamira y el paro- rápidamente superadas, hoy puede mostrar sincronía y unicidad en sus acciones legítimas, a pesar de los continuos actos personalistas de viejos políticos indeseables allí presentes, que arriaron vergonzosamente en 1998.
El deliberado propósito de engañar a la población en materia de políticas públicas, tanto las elementales como las más críticas, golpea el corazón democrático venezolano y convierte al Presidente en el violador primario y contumaz de la constitucionalidad que él mismo, con hipócrita insistencia, dice defender.
La pérdida del soporte ético
El Presidente ha perdido toda autoridad moral y basamento ético. Cuando da rienda suelta a su incitación al odio entre venezolanos, escindiendo a la sociedad. Cuando confunde realidad con fantasía. Cuando invierte el significado y destruye los valores más caros de la sociedad democrática. Cuando obsesivamente aparta las verdaderas políticas públicas que significan empleo, salud, educación y seguridad para la población, sustituyéndolas por otras efectistas e impracticables. Cuando desbanca al tesoro público y endeuda a la Nación sin justificación alguna, comprometiendo su solvencia económica para el futuro. Cuando intenta hacer creer que sólo el Estado puede garantizar una economía sana. Cuando alienta la creciente corrupción e impunidad. Cuando manipula y pervierte la administración de justicia. Cuando, aprendiz de tirano, se erige como único poseedor de la verdad y de lo que conviene al país, convirtiéndose en el árbitro de la vida y muerte de los venezolanos. Cuando le roba al elector su derecho a disentir. Cuando secuestra al pueblo el consentimiento informado para actuar en función de ese pueblo. Cuando traidoramente entrega el país a un gobierno extranjero dictatorial. Cuando explota en su beneficio la inocencia, el candor, la credibilidad, la desesperanza e ignorancia de los venezolanos más humildes.
Y todo ello cobijado bajo una tenue cáscara democrática. Es el efecto acumulado de centenares de mentiras repetidas hasta la saciedad y raramente recusadas lo que ha contribuido a conducir a Venezuela hacia el enorme deterioro actual, sumergida en el laberinto del engaño. Si el Presidente, los políticos y administradores del régimen han perdido el sentido de la proporción ética, los ciudadanos comunes no tenemos por qué perder el nuestro.
Reo de Estado
Al final, el Presidente resultó mentiroso, cínico y farsante. El incremento del desempleo y la miseria, el desbordado saqueo y despilfarro del dinero público, la corrupción generalizada, los escasos logros, los ilícitos de toda clase y la constante violación de la Constitución y los derechos humanos lo hacen reo de Estado. Por ello, el pueblo que lo eligió ha decidido, mayoritariamente, expulsarlo en las urnas por medio de su poderosa arma, el referendo revocatorio. A pesar de las trampas, engaños, complicidades y pícardías del CNE.
No valdrán entonces las “misiones” improvisadas, maquillajes, efectos especiales, dádivas desesperadas, ejércitos de reserva, promesas ni amenazas, anunciadas durante las últimas semanas en una cínica e ilegal campaña electoral, que recompongan lo putrefacto. Es una evidente muestra de desesperación. Para retocar su figura política deslustrada sólo faltaría, que los escasos ideólogos del régimen lanzaran al mercado una colección de barajitas para pegar en un album bolivariano, en las que se presentara al Presidente en todas las etapas de su tránsito vital, particularmente en sus múltiples viajes y poses discursivas ante públicos crecientemente disminuidos. Aún así la idea no sería original. Ya Goebbels la empleó (Max Arthur; Adolf Hitler-A Chilling Tale of Propaganda, Trident Press Internacional, 1999) con Hitler para vender su imagen de líder omnipresente. El resto es historia conocida.
¿Moraleja?
Al final de cuentas, el lenguaje y actos del Presidente, segregacionistas, descalificantes y concitadores al odio, así como su torpe y catastrófica gestión gubernamental que, al borde de los cinco años ha disminuido dramáticamente la calidad de vida del venezolano, sólo han logrado aislarlo irreversiblemente del país. La mayoría calificada ya no lo acepta. Su remoción a través del referendo revocatorio abrirá una nueva etapa en la vida democrática de Venezuela, enormemente difícil porque se tendrá que reconstruir lo destruido, restablecer la confianza perdida y unir lo que fue separado. El resultado será una democracia verdaderamente pluralista en la que habrá oportunidades para todos, unificados y reconciliados y que permitirá diseñar el proyecto de país que todos queremos. Sólo incorporando estas variables sine qua non en sus postulados, planes de acción y realizaciones concretas, podrán los futuros gobernantes conducir al país hacia un mejor destino que el que ahora nos agobia.
(*): Partes de este artículo han sido publicadas en el diario El Impulso, Barquisimeto.
Edgar Otaiza Vásquez
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