Hizo el alarde. Aunque sabe que no le sienta, se asomó al balcón del oportunismo arropado con la capa de la inocencia. De la ingenuidad. La prenda le lucía estrecha. Pero aún así se la enfundó. Lo hacía ver deforme. Contrahecho. Y él siempre se muestra incómodo ataviado de esa manera.
El ropaje de ocasión no era de su talla ni de su estilo. La coyuntura refrendaria tampoco pareció la gala propicia para enfundarse así. La túnica le lucía como un disfraz de camuflaje. Más auténtico se percibe cuando se recubre con su bélica armadura. Le va como liquiliqui a la medida. Y, en su caso, el tocado para esta indumentaria siempre será la espada en la mano zurda.
Hizo el alarde. Aunque sabe que no le sienta, se asomó al balcón del oportunismo arropado con la capa de la inocencia. De la ingenuidad. La prenda le lucía estrecha. Pero aún así se la enfundó. Lo hacía ver deforme. Contrahecho. Y él siempre se muestra incómodo ataviado de esa manera.
El ropaje de ocasión no era de su talla ni de su estilo. La coyuntura refrendaria tampoco pareció la gala propicia para enfundarse así. La túnica le lucía como un disfraz de camuflaje. Más auténtico se percibe cuando se recubre con su bélica armadura. Le va como liquiliqui a la medida. Y, en su caso, el tocado para esta indumentaria siempre será la espada en la mano zurda.
Engalanado así, marcial, artillado, es como la gente lo percibe. Cual lobo feroz. Amenazante, agreste, pugnaz. Resentido. Comparan su actitud con la del autócrata disociador. Es devastador por convicción. Salpica lodo cada vez que asoma. Expele fuego cada vez que dice. Calcina esperanzas. Abona odio. Siembra engaño. Riega discordia. Cultiva enemigos. Apila escombros. Tritura futuro. Empaca miseria.
Hoy lo sienten deshacedor. Alborotador. La descalificación pareciera ser el arma que blande con más destreza. Al extremo de que tilda de mequetrefe a quien no cumple sus designios. Dicen que desvaría y se cree sus propios embustes.
Consideran que cuando jura perjura. Cuando predica denigra. Cuando promete desaira. Cuando ofrece engaña. Que enardece cuando arenga, solivianta cuando pondera, desconcierta cuando concilia, coacciona cuando exhorta, impone cuando dispone.
Así es él. De esa forma se comporta. Y como tal es percibido en la calle. En el barrio. Entre los suyos. Lo saben irrefrenable. Irreverente. Truculento. A muchos les produce aversión. Cansancio. Desazón. Todos creen que merece compasión. Condescendencia que, según gente próxima, él no tiene ni con sus allegados.
Corderito, lo que se dice un manso corderito, dócil, doméstico, sólo se le mostró al país una vez antes de esta reciente comparecencia sumisa. Y fue por un ratico. De madrugada. Aquella todavía confusa e impune jornada de sobresaltos. De renuncias que no fueron tales. Caracterizada por arrepentimientos. Cargada de ofertas, propósitos y de buenas intenciones que se redujeron a eso: a promesas que diluyó el tiempo. Que la distancia sumergió en el olvido.
Quienes lo adversan acotan que se está mostrando como verdaderamente es, como le gusta ser. Incontinente verbal. Hurticante. Desconfiado. Temeroso. Porque, ante el peligro _siente que entró en preaviso_ reacciona virulento. Altisonante. Sin hacer excepciones. Ni concesiones. Sin medir las consecuencias.
Sólo en su imaginario pareciera inscribirse la acepción negociar. Tampoco, que haya trascendido, en la estrategia del combatiente se consideran los puentes como alternativa para evitar confrontaciones. Todo lo contrario. Luce que la premisa es arrasar, avasallar, excluir, exterminar.
De querer él dar una auténtica demostración de reconciliación, de paz, podría disponer la libertad del General Alfonzo Martínez, de los presos políticos del Táchira, cesar la persecución contra los trabajadores petroleros, devolver las armas a la PM y desistir de aprobar en la AN leyes consideradas totalitarias como la del TSJ, Policía Nacional, Mordaza y la reforma del Código Penal.
MIGUEL SANMARTÍN
msanmartin@eluniversal.com