El verdadero coraje no reside en el hecho de no tener miedo, de no temerle a nada ni a nadie: eso a veces no pasa de ser una loca temeridad, una ceguera animal. El verdadero coraje reside en tener miedo, pero saber vencerlo. Es el de un gran rey de Suecia, en la época en que su país era una potencia guerrera, quien al ponerse siempre al frente de sus tropas cuando entraba en batalla, no las arengaba a ellas sin antes hacerlo consigo mismo: ¡Adelante, cuerpo mío: trágate tu cobardía, porque vamos a enfrentar la muerte ¡y vamos a vencer!.
Por mucho que sean millones, nunca serán bastantes las firmas para revocar a Chávez, y si no se ha hecho hasta hoy, es un buen momento para hacerlo.
EL VERDADERO CORAJE no reside en el hecho de no tener miedo, de no temerle a nada ni a nadie: eso a veces no pasa de ser una loca temeridad, una ceguera animal. El verdadero coraje reside en tener miedo, pero saber vencerlo. Es el de un gran rey de Suecia, en la época en que su país era una potencia guerrera, quien al ponerse siempre al frente de sus tropas cuando entraba en batalla, no las arengaba a ellas sin antes hacerlo consigo mismo: ¿Adelante, cuerpo mío: trágate tu cobardía, porque vamos a enfrentar la muerte ¡y vamos a vencer!
En estos días en que la amenaza abierta o solapada es el arma primera de un gobierno que emplea además el soborno y la ventaja, no está mal recordar que en los momentos estelares de su historia en el siglo XX, una Venezuela desarmada, frente a un gobierno armado, supo enfrentar su propio miedo; y vencerlo.
DEMASIADO HERMOSO. La primera es una historia que hemos repetido mil veces, estamos dispuestos a hacerlo otras tantas, mientras tengan aire mis pulmones: porque es un ejemplo demasiado hermoso para olvidarlo ni por un momento. Se trata de la historia del 14 de febrero de 1936.
Un doble miedo atenazaba la sociedad venezolana, la misma que aterrorizaba al gobierno de López Contreras: el regreso a la tiranía o, una vez muerto ¿el loquero de Maracay¿ (como lo llamó Vallenilla Lanz) la recaída del país en la anarquía, en la guerra civil. Presionado por el clan gomecista, el gobierno establece la censura de prensa. Para protestarla, se convoca a una manifestación que partiría desde la sede de la Universidad Central (San Francisco a Bolsa). Desde la mañana comienzan a arremolinarse los manifestantes en la Plaza Bolívar. La policía se pone nerviosa y dispara: varios muertos y numerosos heridos.
La noticia corre por todo Caracas como un reguero de pólvora (la figura, por cierto, viene muy al caso). Se suponía que la gente se iba a acobardar: si a un puñado de manifestantes se les trató así, ¿cómo no se haría con una manifestación mayor?
LA CARACAS ADULTA. Nada de eso: prácticamente toda la Caracas adulta se echó a la calle, en la manifestación más grande que hubiesen visto ojos venezolanos. El desfile avanzó pacífico hasta Miraflores, donde el presidente López recibió a una delegación suya encabezada por Jóvito Villalba, tomó de sus manos un pliego de peticiones (que luego satisfizo). Los manifestantes siguieron hasta el Panteón, y se disolvieron pacíficamente; habían vencido un doble miedo: al despotismo y a la guerra civil.
Sí, se nos dirá, pero López Contreras era un demócrata. Falso: hasta entonces no había dado prueba alguna de serlo, porque abrir las cárceles y permitir el regreso de los exiliados, igual había hecho Gómez en 1908.
Pero en 1952, la situación era distinta: quienes gobernaban no eran en absoluto demócratas, y antes bien empleaban todos los mecanismos de terror: bástese con nombrar a Guasina. Sin embargo, el pueblo, al cual también se había intentado sobornar con lo que todavía no se llamaba ¿misiones¿, les recibió sus paquetes de comida, sus botellas de ron, sus frazadas y planchas de zinc, y terminó aplastándolos en las elecciones.
A PATADAS. Sí, ya sé: después del triunfo popular del 30 de noviembre, vino el golpe de 2 de diciembre, y Pérez Jiménez instauró su tiranía abierta y personal. Pero el pueblo volvió a perder el miedo en 1958, y a patadas echó de palacio a la tiranía personalista más corta en toda la historia de Venezuela.
En todos los casos, antes de que estallara su rebeldía y su coraje, el pueblo venezolano tenía miedo, vivía en el miedo. Es un buen momento para recordarlo. No es nada vergonzoso tener miedo, lo es no saber vencerlo. Se dice que quien no se arriesga ni pierde ni gana. Esa es una media verdad, porque la historia de Venezuela de este siglo ha demostrado que, al atreverse, al correr el riesgo, el país ha ganado.
Ha ganado con el número. Por eso es que por mucho que sean millones, nunca serán bastantes las firmas para revocar a Chávez, y si no se ha hecho hasta hoy, es un buen momento para hacerlo. Porque no en vano recordaban hace mil años los españoles:
Que Dios ayuda a los buenos
Cuando son más que los malos.
MANUEL CABALLERO