Nadie pudo prever lo que venía. La oposición esperaba muchas firmas, pero no esa catarata inmensa que se ha volcado desde el viernes en las calles. El Gobierno esperaba que el pueblo democrático recogiera penosamente el mínimo necesario; sin embargo, no se esperaban el desbordamiento masivo que ha tenido lugar en todo el país.
Nadie pudo prever lo que venía. La oposición esperaba muchas firmas, pero no esa catarata inmensa que se ha volcado desde el viernes en las calles. El Gobierno esperaba que el pueblo democrático recogiera penosamente el mínimo necesario; sin embargo, no se esperaban el desbordamiento masivo que ha tenido lugar en todo el país.
La presencia de los ciudadanos, por horas y horas en colas, es un fenómeno que no comprende el régimen. Los jerarcas de esta comedia revolucionaria llegaron a pensar, en serio, que todo esto era una maniobra comunicacional, en connivencia con oligarcas e imperialistas. Nunca pudieron entender lo que le pasaba al alma de los venezolanos. No llegaron a comprender la profunda y esencial ruptura que se produjo entre Chávez y los ciudadanos. No lograron asir la magnitud del fraude en el cual se convirtieron.
HACE POCOS DIAS, varios dirigentes políticos cayeron por inocentes; creyeron que, de verdad, Chávez había rectificado y se aprestaba, con cierta modosidad, a aceptar de buen grado el veredicto del soberano. Sin embargo, a las pocas horas de la sinfonía presidencial, el Gran Timonel se precipitó al barranco de sus desengaños y comenzó a disparar desde la cintura contra todo y contra todos. Es que el Reafirmazo es la extremaunción del régimen; es el toque de campanas que anuncia el cese de una pesadilla; es lo totalmente insoportable para los golpistas del 4 de Febrero.
Las equivocaciones que ha cometido esta revolución que agoniza, son múltiples. Los próceres del régimen pensaron que el país les había entregado su confianza desde 1999, para hacer y deshacer. No entendieron que la sociedad venezolana no gira cheques en blanco y, más bien, cobra las facturas a los 30 días, sin prórroga. Bien pronto aquel afecto por un líder vengador se transformó en distancia y finalmente en desamor. No es sólo que hay desacuerdo, diferencias o crítica; lo que hay es rabia y decepción. Chávez traicionó, en lo más íntimo, la confianza que la mayor parte de los votantes depositó en él. Por esto en la mayor parte de la población predomina una furia inmensa que no se supera con amapuches circunstanciales y con falsos propósitos de enmienda.
CHAVEZ NO ENTIENDE la dimensión afectiva de la ruptura que el pueblo tiene con él. No es sólo desacuerdo, sino la sensación del desengaño. Es cólera contra quien engañó, pero también por haberse dejado engañar. Doble cólera que ha convertido a esta sociedad en una fuerza invencible dispuesta a sacarse del alma este clavo. La potencia que tiene el desamor sólo la conocen los que han sido dejados, sin remedio, por las personas a quienes han amado; es como un fin de mundo, del cual sólo se emerge después de muchos insomnios. El Presidente y sus colaboradores no entienden la tragedia de la cual son protagonistas: es que no los quieren; no quieren sus arrumacos, ni sus propósitos de enmienda. Vete con tus peroles, tus discos, tus cartas. No quiero tus serenatas. No me vuelvas a decir que te vas a portar bien. Se acabó. ¿Oíste? No más.
Para algunos es el comunismo, para otros es el militarismo, para los de más allá es el autoritarismo. Razones válidas todas; pero, para las damas y los caballeros de a pie, de este domicilio, lo fundamental es que se encontraron con un líder de cartón, con una revolución que cuando el tiempo se nubla intenta comprar el amor perdido a billetazo limpio. No sabe el odio que genera cuando obligan a los desesperados y empobrecidos, a extender la mano y agarrar 200 mil bolívares, con los cuales aspiran a comprarlos. El líder opera con la lógica del que perdió todos los afectos y va a la avenida Libertador a tratar de comprar alguno, por un rato; no entiende que quien le acepta su dinero no le retribuye en pasión sino en simulación.
PEREZ JIMENEZ TAL VEZ no llegó a saber la ira que poseía a miles de empleados públicos que eran obligados a desfilar en la Semana de la Patria. Esos mismos venezolanos fueron los que votaron contra él en el plebiscito de 1957. Así ocurre ahora; pueden presionar, chantajear y obligar, pero la resistencia va por dentro y cada chantajeado u obligado consigue a diez personas más para que firmen, para que se enfrenten y para que sustituyan (o acompañen) al humillado en su protesta y su indignación.
Cuando estas líneas se escriben, el triunfo del pueblo democrático es incontestable. Sin embargo, se puede apreciar que el Gobierno intenta un manotazo que, ojalá, no logre concretar. De la manera más cínica, los voceros del oficialismo afirman que esa multitud volcada a las calles no existe. Aseguran que ese baluarte de las luchas cívicas que son los ciudadanos agrupados en Súmate no tienen derechos políticos. Preparan el ambiente para desconocer los resultados apabullantes que el Reafirmazo le ha asestado al gobierno. Para ellos todo es virtual, carece de existencia, carece de visibilidad aunque se vea a los ojos multitudinarios.
NO ES SOLO CINISMO, sino algo que va mucho más allá. Es el intento de cambiar la realidad en los estertores de un gobierno que se va. Si fuera sólo decir mentiras y pretender que alguien las crea no sería tan criminal como actuar, como lo hace el Gobierno, según el escenario que inventan. La frialdad y soledad de su recolección de firmas está documentada por el ojo escrutador de los medios de comunicación; las multitudes en las calles en la jornada opositora, también. Para ellos, todo es mentira y, en consecuencia, actúan. Esta manera de manejarse los ha conducido al aislamiento, pero, sobre todo, a la perversión. No han encontrado en la distancia de sus antiguos adherentes, en su queja al principio suave, el reclamo a lo que han debido hacer y no hicieron; no lo entendieron como demanda por sus errores y horrores, sino como manipulación mediática, como lo llaman. Por esta razón no pudieron percibir el tamaño del crimen del cual se convirtieron en autores.
Cuando estas líneas se trazan, después de siete horas de pie en una cola por parte de quien las junta, se puede afirmar que una nueva mirada ha surgido de las entrañas de este pueblo. Límpida, segura, esperanzada y guerrera. Ancianos y jóvenes, mujeres y hombres (siempre más mujeres que hombres), pudientes y pobres, convertidos en una fuerza indomable e indoblegable que lucha por la libertad.
LOS PROCERES DE LA revolución que agoniza no entendieron nada. Ni siquiera llegaron a entender lo que ellos representaron para esta sociedad. Por eso, no es que comenzaron a engañar ahora que están en la ruina política y espiritual (que no material), sino que siempre lo hicieron. Chávez fue una farsa hasta para los propios. Chávez dejó de existir como símbolo de redención, antes de que apareciera. Cuando apareció ya era un fraude. De este tamaño es el desengaño. De este tamaño es la ira que alimenta a los feroces guerreros ciudadanos.
CARLOS BLANCO
cbgarcia@cantv.net