Hannah Arendt nos dice que: "El momento totalitario es la conversión de una sociedad organizada en una agrupación de masas vinculada sólo de modo jerárquico y vertical, con el Estado". Sin embargo, el caso venezolano es diferente, porque la visión oficialista es separar el gobierno del Estado y crear organizaciones paralelas de trabajadores, empresarios y funcionarios, que conforman una especie de Internacional Bolivariana.
HANNAH ARENDT nos dice que: "El momento totalitario es la conversión de una sociedad organizada en una agrupación de masas vinculada sólo de modo jerárquico y vertical, con el Estado". Sin embargo, el caso venezolano es diferente, porque la visión oficialista es separar el gobierno del Estado y crear organizaciones paralelas de trabajadores, empresarios y funcionarios, que conforman una especie de Internacional Bolivariana.
Todo se expresa de manera cotidiana en la gigantesca diferencia entre la estructura formal de nuestra democracia y el funcionamiento en la práctica del régimen, que no tiene un sentido amplio de la solidaridad social, sino más bien una visión de sobrevivir en medio de la turbulencia.
Sin lugar a dudas trata de ser una revolución y por ello rechaza a una sociedad racional, y únicamente la presencia de los observadores internacionales moderan transitoriamente al régimen.
ESTA ESTRUCTURA PARALELA utiliza a la mentira como una política de Estado, la permisividad en relación al hampa como una forma de acorralar a la sociedad democrática, y el desempleo como una fórmula que haga depender a los sectores marginales y populares de las dádivas del régimen. Es diabólico, se le manifiesta un particular amor al pueblo mientras se ataca con ferocidad las fuentes de empleo, la vigilancia policial en las áreas críticas y se ofrece la bolsa de comida y la ayuda coyuntural, pero siempre sin buscar soluciones de fondo.
En esta visión, cualquier extranjero que se acerque al régimen es un aliado y el opositor político un enemigo interno. Si se estudiara el caso de los seis jóvenes detenidos en Barcelona, se determinaría que se violaron sus derechos humanos, el Pacto de San José, la Constitución, el COPP, el sentido común y la conexión del régimen con los sectores populares. Según el régimen la Bandera, la cacerola y las calles son parte activa del disentimiento y deben ser castigadas.
El resultado es que esta democracia participativa y protagónica que se le vende al mundo, exige sumisión y silencio, por lo cual cacerolear y obstruir una calle serán tarde o temprano graves delitos y no conductas cívicas, y los medios de comunicación social son sometidos a reparos administrativos y hostigados, con una apariencia de legalidad. La consecuencia de este círculo de intimidaciones y sanciones es que la sociedad ha reaccionado y ha mostrado su potencial, constituyéndose en un verdadero contrapoder.
LOS LIDERES AUTORITARIOS persiguen la hegemonía y su perfil es siempre de seres humanos inseguros. La lógica revolucionaria tiembla ante la reacción de las comunidades, rechaza la transparencia de la administración pública y se muestra reacia a la acción multitudinaria de la sociedad democrática; tiene miedo de la fuerza de los ciudadanos y sus ansias de libertad y de democracia. La libertad política es una conquista que requiere de instituciones, luchas y sacrificios, mientras la violencia, los insultos y las vías de hecho pretenden que nos callemos como si estuviéramos muertos.
La revolución, con tanques, fusiles y activistas dispuestos a lo que sea, teme a la pequeña superficie plástica de un simple bolígrafo. Ese pequeño instrumento del que disponemos millones de ciudadanos, es como la estaca de madera que hace desplomar a Drácula, ya que el país necesita respirar y dejar a un lado las improvisaciones. Los espacios, el tiempo y la voluntad de progresar pertenecen por derecho propio a la sociedad, que se ha convertido en el contrapoder del régimen.
JUAN MARTÍN ECHEVERRÍA
juanmartin@cantv.net