Actualmente pugnamos por zafarnos democráticamente del último de ellos y por superar los resabios culturales que los fomentan. Superar una mentalidad al estilo de Lina Ron quien recientemente decía que "el presidente de Venezuela por la gracia de Dios es Hugo Chávez, él es el mesías de ésta, se trata de una cuestión mística".
PARA LOS CRISTIANOS no hay dudas, uno solo cuyo advenimiento conmemoramos litúrgicamente mañana. Los venezolanos, en cambio, hemos tenido que soportar a lo largo de la historia a un montón de presuntos salvadores o redentores de la patria. Actualmente pugnamos por zafarnos democráticamente del último de ellos y por superar los resabios culturales que los fomentan. Superar una mentalidad al estilo de Lina Ron quien recientemente decía que "el presidente de Venezuela por la gracia de Dios es Hugo Chávez, él es el mesías de ésta, se trata de una cuestión mística".
Porque en todas partes se cuecen habas. Estamos presenciando la eclosión de múltiples precandidatos a dirigir el país en la etapa poschavista. Algunos de ellos pueden estar infectados por la megalomanía mesiánica que tanto criticamos. Ejemplo de esto último sería la pretensión de dirigir el país completando el mandato del revocado y la vocación manifiesta de postularse a cuantas futuras reelecciones les fuese posible. ¿Con qué argumentos? Con la hipótesis de que "si alguien hace un buen gobierno, ¿por qué prohibirle que se reelija?".
El argumento es débil porque asume una valoración positiva de un mandato ya finalizado, mientras que la preocupación que tenemos los venezolanos es cómo asegurar previamente condiciones o requisitos que ayuden a que ese nuevo gobierno sea exitoso. Una condición clave es que el presidente se concentre en la dificilísima tarea de la reconstrucción y reconciliación nacional. Esa tarea implicará tomar decisiones populistas en algunos casos, pero también supondrá hacer ajustes y tomar medidas que no complazcan a todos. Si ello no se hace, ese gobierno fracasará y el país con él. Si tenemos a un presidente pendiente de resguardar su popularidad en pro de una eventual reelección, sería muy probable que no tomase las medidas necesarias. Además, el primer saboteador del apoyo unitario que deberán darle a ese gobierno los distintos grupos políticos y sociales sería un presidente que desde las primeras semanas "estuviese arrimando la brasa para su sardina". Renunciar a la reelección no es condición suficiente, mas sí necesaria para que el próximo gobierno sea exitoso.
LEONARDO CARVAJAL