Aun en Navidad, cuando suelen imponerse treguas pacíficas y buenos propósitos, el oficialismo no ha bajado la guardia para mantenerse en su camino. Por eso hemos visto esta semana a los más conspicuos representantes del Gobierno haciendo el trabajo encomendado por el jefe. Con Diosdado y José Vicente a la cabeza continúan en sus trece, revelando nítidamente _y sin asomo de discreción_ hacia dónde se orientan las carabinas del régimen, que no ha dejado ni sombra de duda sobre lo que hará para eludir la medición electoral.
Así, el Vicepresidente Ejecutivo tiñe de dudas la posibilidad de que se produzca un vuelvan caras en el interior del chavismo, como producto de la presentación de las firmas y de la eventual convocatoria del revocatorio contra el Presidente. Rangel rechaza la reconciliación y el perdón que generosamente están intentando proponer los adversarios de la revolución, al mismo tiempo que su antecesor, el hoy ministro de Infraestructura, revela sin empacho la decisión de desconocer al árbitro, si éste pone su acento sobre las firmas válidas y no sobre las actas, como pretenden, con poca vergüenza, estas ediciones acabadísimas de lo peor del puntofijismo.
Lo de José Vicente tiene especial importancia porque en sus palabras se filtra el olor nauseabundo de la confrontación, que es el nutriente preferido del comandante bolivariano. Cuando Rangel advierte que nada merece el perdón de la oposición, no sólo se atrinchera en la idea de que el Gobierno está libre de errores y de excesos. Lo más relevante es el contenido del mensaje cifrado del Vicepresidente, dirigido al propio emeverrismo, y muy particularmente a aquellos que han pensado, desde sus adentros, en tender su mano en beneficio de la reconciliación.
En el fondo, José Vicente sabe que la oposición no volverá a ensayar los métodos insurreccionales que alguna vez ocuparon su agenda. Entre otras cosas porque ya fueron agotados y porque el ambiente de calle habla de un franco cansancio frente a ellos. Lo que el Vicepresidente y su antecesor están señalando es que la autopista está todavía libre para tensar la cuerda, y que, en consecuencia, no hay razones para exhibir muestra alguna de debilidad. Algo que, sin duda, remite al tiempo de ñapa que el Gobierno espera estar consiguiendo con el forcejeo dentro del CNE. Allí donde la representación oficialista se encargaría _cree Chávez_ de reivindicar "el acta mata voto" con el cual el revocatorio _junto con la revisión de aunque fuere una porción aparentemente mínima de huellas_ se convertiría en un mecanismo abortado; bien porque se negara la solicitud, o bien porque su materialización podría darse en agosto, sin generar los efectos políticos a que la oposición aspira.
En este último caso los adversarios habrán de decidir la pertinencia o no de abandonar el instrumento. Por ello, no está demás que los venezolanos dediquen un poco de su tiempo decembrino a pensar en el dilema: sobre todo porque no es cierto que un revocatorio después de agosto resulte inútil. Es un hecho que en este escenario ascendería a la presidencia una figura escogida por Chávez. Sin embargo, los votos en su contra _que igualmente se contarían, aunque no haya elección presidencial posterior_ revestirán de inmoralidad la presencia de ese "gallo tapa'o" en la primera magistratura. ¿Será eso sostenible? No lo parece.
ARGELÍA RÍOS
Publicado por Nelson Amaral Duarte em Diciembre 26, 2003 12:56 PM