Mucho se ha hablado de la necesidad de establecer o acordar un régimen de transición, si resulta positiva la revocatoria del mandato presidencial que se ha solicitado, pero no está claro, o al menos no pareciera haber pleno acuerdo, con el contenido de ese período por el cual debemos transitar. Existen opiniones que han delimitado lo que allí se debe hacer, comenzando con la de J.V. Rangel quien opina que Chávez es una transición cuando sustituyó a los actores e instituciones de la llamada IV República y que tiene sus fundaciones en la Constitución de 1999.
Hay quien opina también que estamos en una transición que se abre con la instalación del régimen democrático de 1958, es decir porque dejamos de lado los gobiernos militares y las dictaduras y se cierra con el agotamiento del modelo de Punto Fijo, por lo que esta transición debió culminar con un perfeccionamiento de la democracia para llevarla a una mejor expresión. Otra, marcada por lo económico, clasifica a esta como un período en el cual salimos del estatismo clásico petrolero venezolano e íbamos en camino de instalar un régimen más abierto de comercio e inversiones, fundado en la economía privada, en el cual Venezuela se diversificaba, dejaba al petróleo como único motor económico y tomaba el rumbo de una economía moderna, integrada competitivamente al mundo.
La última interpretación, que es la que motiva este artículo, es la que habría que desarrollar una vez revocado el mandato y que permitiría culminar el período constitucional hasta el 2006. Esta transición tendría dos enfoques, uno en el cual ese gobierno tendría la inmensa responsabilidad de poner las cosas en su sitio, es decir, intentar cerrar el ciclo de las dos anteriores, aplicando medidas de fondo que perfeccionen la democracia, modernicen la economía y garanticen una mayor equidad social y otro que sólo se entendería como una transición que permita apenas normalizar el país después de lo sucedido en estos años, una que, como en el breve período de Velásquez, nos permita arribar a puerto seguro para, luego, intentar los cambios de fondo. Creo que esta interpretación es lo suficientemente importante como para debatirla y así evitar que nos exijamos una tarea utópica e inalcanzable que nos lleve a un fracaso prematuro y nos regrese a lo que tenemos hoy. Propongo, pues, que nos pongamos de acuerdo sobre ese mínimo exigible para evitarnos un fuerte desengaño con la transición.
MAXIM ROSS