Las elecciones regionales que se avecinan propician una magnífica oportunidad para que los venezolanos apreciemos la dimensión ética y la condición política de muchos aspirantes a formar parte de la futura elite dirigente del país. Y las circunstancias especialmente singulares bajo las cuales se celebran potencian enormemente su importancia. En una sociedad donde lo que verdaderamente está planteado es la lucha entre la civilización y la barbarie, sería un descuido imperdonable ignorar o restarle importancia al proceso que se nos avecina, independientemente de que la realización del referendo revocatorio presidencial siga siendo el objetivo fundamental de la actividad política del país para quienes nos negamos a aceptar un proyecto político antihistórico, totalitario y retrógrado como el que nos intenta imponer el teniente coronel que nos desgobierna.
En el escenario descrito, ya hoy resulta de perogrullo proponer –tal como hicieron muchos en las pasadas semanas y también este columnista- que la oposición presente candidatos únicos para aspirar a cada uno de los cargos de gobernadores y alcaldes y que las distintas toldas políticas depongan su interés particular en aras de garantizar la opción de triunfo frente a la opción oficialista. Y la primera condición para la escogencia de cada candidato es la salvaguarda de las posiciones ya ganadas por la oposición, por lo que el principio general tendría que ser el respaldo a todo gobernador o alcalde que aspire a la reelección y la excepción los casos con fuertes argumentos en contra, como el estar incurso en actos de corrupción, por ejemplo. Resulta elemental presumir que el consenso no será un logro fácil, pero queremos confiar en la sindéresis de nuestros dirigentes y esperar que a la hora de la verdad adopten posiciones racionales y encuentren fórmulas de entendimiento.
Todo eso parece obvio, pero por los vientos que soplan... resulta que no lo es tanto. Es natural que la “democrática” dictadura militar que nos avergüenza día tras día intente por todos los medios evitar la unidad y disponga de recursos de todo tipo para lograr ese objetivo. Y ello no es difícil, sobre todo por la cantidad de sinvergüenzas que pululan en el país y que, sin rubor alguno, están dispuestos a jugar para el equipo contrario, no sabemos si abrumados por una inexplicable reducción del número de sus neuronas o, más bien, animados por el logro de objetivos non sanctos.
Dos ejemplos –por lo destacados resultan lamentables- se han presentado en las ciudades más importantes y emblemáticas del país en materia electoral. El primero lo constituye el opaco e insólito lanzamiento de Claudio Fermín a la Alcaldía Metropolitana. Después de verlo en un programa de televisión donde concentró todos sus argumentos en contra de Alfredo Peña, hasta un oligofrénico entiende para quién juega Fermín. Parecía un ventrílocuo o más bien un clon de Chávez, programado para despotricar contra el alcalde mayor. Sólo nos resta esperar el anuncio del retiro de su candidatura... para apoyar la de Barreto. Es bueno recordar que fue precisamente Peña quien abrió la espita para que una oposición débil y temerosa levantara su voz de protesta ante el camino que tomaban los acontecimientos, en aquellos tiempos en los que nadie se atrevía a chistar. Aunque fuera nada más que por eso, el alcalde mayor merece el mayor de los respetos y pleno apoyo para la reelección. Y, por cierto, mientras Peña se jugaba el pellejo frente al gorilaje, Fermín dormía el sueño de los cómodos, seguramente utilizando las mismas pantuflas con las que se fue a Nueva York a gimotear por su última derrota electoral.
El otro caso de “pena ajena” es el protagonizado por el otro teniente coronel del 4 de febrero. Debemos confesarles que el “tufo” lo percibimos desde hace tiempo cuando muchos indicios revelaron que entre Arias Cárdenas y Chávez la separación tuvo carácter “táctico” y que a la larga jugarían juntos; pues bien... llegó la hora de hacerlo. Después de todo, ¿por qué vamos a suponer que Arias es distinto de su par? Ante el triste papel electoral que se vislumbra para el gorila del Zulia propuesto por Chávez para la gobernación, nadie mejor que el compinche del 92 para tratar de engañar nuevamente al pueblo zuliano. No sería de extrañar que, en pocas semanas, el esbirro del Gobierno se retire de la carrera por la gobernación y sea Arias el verdadero candidato chavista. De lo que no se han percatado es del grado de cólera que despierta este Gobierno entre los zulianos, de modo que por la culata no les saldrá un tiro, sino un misil.
No tenemos duda de que al final del día los farsantes serán despreciados por el electorado. Todos se irán develando –hasta los benjamines que han optado por estrenarse de manera tan desmerecida, como es el caso del hijo de Eduardo Fernández, ahora contendor del alcalde Henrique Capriles Radonski, aun con todo lo que su mentor ha pregonado acerca de la necesidad de la unidad-. Lo ocurrido en los últimos tiempos asegura que el pueblo venezolano no olvide algunos comportamientos. Así como tendremos fresca en la memoria la actuación de los ¿señores? Fermín y Arias, no pasarán inadvertidas la hidalguía y generosidad de Andrés Velásquez y Antonio Ledezma, quienes tenían legítimos motivos y claras posibilidades para aspirar a cargos de elección popular y prefirieron contribuir a la ansiada unidad que tanto necesitamos.
BELTRÁN SOCORRO
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