El serrucho se trancó, Chávez se dispone a rematar lo que considera una faena política impecable y no queda otra sino asumir que la lucha es todavía más dura de lo que fue hasta ahora y trasciende las rutinas del voto y de la marcha festiva. Es necesario también comprender que recuperar lo perdido implica un acto colectivo de madurez, de determinación y de unidad y que sólo así, empujando juntos, por todos los medios, el día esperado llegará más temprano que tarde.
He perdido la cuenta de las veces que la gente me detiene en la calle y con distintas actitudes, que van desde la vana esperanza hasta el ferviente deseo de saber la verdad, aun cuando ésta resulte muy dura, me hace la pregunta para la cuál no hay respuesta: ¿Cuándo se va? Y no hay respuesta porque la interrogante da por supuesto el hecho de que está ido y que la cosa es sólo cuestión de tiempo. De manera que si usted hace la respectiva anotación y reformula la pregunta para situar la conversación en un plano de escenarios más realistas, puede ocurrir que se le tilde negativo, de pesimista o, algo peor, de tonto útil o aliado de la dictadura.
Ahora, si alguien llegara a aceptar la posibilidad de que no se va, o no por lo menos en un plazo inmediato, como es el deseo generalizado, digamos, antes de fin de año y me preguntara: "Pero, ¿sí se va?", yo le respondería que sí, que en la vida nada es eterno y que algún día, ojalá más temprano que tarde, se irá. Pero como la gente no espera escuchar buenos deseos sino respuestas concretas, habría que entrar en explicaciones aun menos gratificantes.
Después de cincuenta años de democracia representativa esta sociedad se acostumbró a despachar malos gobernantes, que en realidad lo eran casi todos, con relativa facilidad y un mínimo esfuerzo. Bastaba con salir a votar cada cinco años, no sólo para deshacerse del presidente corrupto, autoritario, incapaz y/o vicioso, quien, de todas maneras debía irse, generalmente con más pena que gloria.
El voto castigo funcionaba implacablemente y los castigados resultaban siendo el candidato y el partido de gobierno, en cumplimiento de ese rito pendular conocido en Venezuela como alternabilidad democrática.
La cosa funcionaba tan bien que llegamos a aceptarlo como un mandato de la naturaleza irreversiblemente ligado a nuestra forma de vida. Pero de un día para otro llegó Hugo Chávez, operó el voto castigo, se consumó una vez más la alternabilidad y, ya instalado en el poder, trastocó las reglas de juego, liquidó las normas básicas del sistema político y se preparó para gobernar hasta que la muerte nos separe.
Luego de tres años y una desafortunada reelección vino el paquete de las 49 leyes de la habilitante y finalmente el país abrió los ojos, se colocó en pie de lucha y a partir de los reveses del 11 de abril y el paro cívico el instinto y la necesidad nos colocaron por delante el antiguo hábito. Se supuso que así como en el pasado se fueron otros, Chávez se iría gracias a una cucharada de su propia medicina. El viejo reflejo electoral nos llevó a luchar por un derecho que llegamos a asumir como irrenunciable pero con la ligereza de la displicencia y henos aquí ahora a punto de perderlo.
El serrucho se trancó, Chávez se dispone a rematar lo que considera una faena política impecable y no queda otra sino asumir que la lucha es todavía más dura de lo que fue hasta ahora y trasciende las rutinas del voto y de la marcha festiva. Es necesario también comprender que recuperar lo perdido implica un acto colectivo de madurez, de determinación y de unidad y que sólo así, empujando juntos, por todos los medios, el día esperado llegará más temprano que tarde.
ROBERTO GIUSTI
Publicado por Nelson Amaral Duarte em Abril 20, 2004 09:34 PM