Abril 22, 2004

LA CALMA CHICHA

Con Chávez debió bastarnos. Debimos darnos cuenta que la gente de su tipo no sólo condena a los países a retrocesos aterradores sino que tienen esa cualidad demoníaca de destruir sin construir nada. Todos se miran desde sus esquinas: los inservibles, corruptos e incapaces hombres que nos gobiernan y los lambucios y agalludos que nos quieren gobernar. El ciudadano se hace entonces el loco y pregunta con la ingenuidad del tonto: ¡Oh! ¿y ahora quién podrá salvarnos? Esos que se dicen Ni-Ni y que son los principales enunciadores de la pregunta, no se dan cuenta que los únicos que podrán salvarnos... somos nosotros mismos. Que ya es hora de que los ladrones y los dementes dejen de gobernarnos y que sea el ciudadano común, usted y yo, quien pase a manejar su propio destino. Mientras tanto sigue la calma chicha. Sólo que ahora las nubes que anuncian rayos y chubascos están enfrente.

En términos de marinería, la calma chicha es esa quietud sospechosa que precede a una gran tormenta. No hay brisa ni oleaje brusco que presagien la borrasca. Me monto en un taxi con rumbo a Quinta Crespo y con el conductor establezco un diálogo que debe haber sido escrito hace meses y sin embargo todavía repetimos. -¿Y usted cree que el hombre se va? Ante su pregunta manida, una respuesta de lugar común: -No se ha ido porque la misma herramienta que usamos para sacarlo, lo atornilla. El maestro me mira esperando la aclaratoria: -Increíblemente el presidente está apalancado en la Constitución, en su origen legítimo, sin embargo es su ilegitimidad, su constante violación a la Constitución lo que le impone la salida. El revocatorio parece el camino más saludable, pero en el gobierno están jugando al retraso y la desidia, y eso les sale natural dada la ineptitud que los caracteriza.

Decenas de veces he tenido el mismo diálogo y en decenas de oportunidades mi interlocutor termina por anunciarme que no está ni con el gobierno ni con la oposición y que prefiere esta calma rara, la mentada calma chicha, que la sanpablera de antes. Será que los venezolanos seguimos siendo muy cómodos, a la espera de que llegue el dueño de la taguara y arregle el asunto para evitarnos el compromiso de tomar partido. Será que el síndrome del avestruz nos carcome. No sé, lo cierto es que existe una gran cantidad de compatriotas que se hacen los suecos con la política y miran a los toros desde la barrera. Me digo que esa actitud es la que nos ha costado años de gobiernos malos (estando el actual en los límites de la mamarracharía), años de recursos dilapidados, de obras inconclusas y proyectos incumplidos. No somos un país serio. Si uno viaja a Europa o los Estados Unidos se da cuenta desde que llega que en esos sitios hay personas preocupadas porque las cosas marchen, ansiosos por ordenar, servir, construir. No creo que sea el espejismo del viajero tropezándose con otra cultura. Ellos como nosotros tienen calles y carreteras. ¿Por qué las nuestras parecen haber sido bombardeadas hace quince minutos? Ellos como nosotros tienen edificios públicos. ¿Por qué los nuestros lucen como gigantescas letrinas con ascensores inservibles, empleados recostados y cables colgando de los lugares más insospechados? Ellos como nosotros tienen hospitales y ambulatorios. ¿Por qué los nuestros asemejan salas de torturas, llenas de basura y prontas a derruirse? Me niego a creer que las gentes de esos países son superiores o que son más inteligentes o incluso más cultos que nosotros. La culpa la tiene esa actitud mediocre de dejar que otro haga la cosa, que venga un fulano que resuelva. Por eso nos encanta un militar mandando. Cada cierto tiempo escucho la misma cantaleta de que "lo que pasa es que no hay ningún militar con las botas bien puestas que quiera arreglar este asunto de una buena vez". Y yo me digo que gracias a Dios que no lo hay. Con dolor hay que aceptar que nuestros soldados sólo sirven para desfilar y ponerse medallitas en el pecho. Que lo que es cuidar fronteras, frenar a la guerrilla o administrar honestamente los millardos que reciben no son cosas que les vayan muy bien. ¡Imagínenlos en el poder!

Con Chávez debió bastarnos. Debimos darnos cuenta que la gente de su tipo no sólo condena a los países a retrocesos aterradores sino que tienen esa cualidad demoníaca de destruir sin construir nada. Todos se miran desde sus esquinas: los inservibles, corruptos e incapaces hombres que nos gobiernan y los lambucios y agalludos que nos quieren gobernar. El ciudadano se hace entonces el loco y pregunta con la ingenuidad del tonto: ¡Oh! ¿y ahora quién podrá salvarnos? Esos que se dicen Ni-Ni y que son los principales enunciadores de la pregunta, no se dan cuenta que los únicos que podrán salvarnos... somos nosotros mismos. Que ya es hora de que los ladrones y los dementes dejen de gobernarnos y que sea el ciudadano común, usted y yo, quien pase a manejar su propio destino. Mientras tanto sigue la calma chicha. Sólo que ahora las nubes que anuncian rayos y chubascos están enfrente.

JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA

Publicado por Nelson Amaral Duarte em Abril 22, 2004 10:17 PM
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