CARLOS ALBERTO MONTANER insiste en lo que él mismo reconoce como una premisa incómoda: "dentro del modelo democrático, los electores tienen los políticos que se merecen". En el caso venezolano, sin embargo, endosarnos tal merecimiento sería endilgarnos una culpa o un pecado demasiado grande. ¿Cómo dar cuenta de una mentalidad que entiende la política como el asalto del Estado sin postular una sobrecarga psicopática en la población? Habiendo permanecido durante veinticinco años en la docencia, ventana sobre el esforzado trasvase intelectual y moral de generaciones, me atrevo a aseverar que nuestra clase política no es representativa de los valores, aptitudes y cualidades de los venezolanos. ¿Cómo se explica, entonces, que sean los peores quienes llevan las riendas de nuestro destino?
Se ha dicho con frecuencia que la principal virtud de la revolución bolivariana ha sido haber despertado la conciencia política de los venezolanos. Se supone que, contrario a las generaciones anteriores que abandonaron en manos de políticos ineptos y corruptos los asuntos de Estado, la ciudadanía surgida durante el último lustro ha revalorizado el quehacer y la participación política. Tal aseveración, sin embargo, no parece ser totalmente cierta. El proceso kafkiano, la maraña de obstáculos y trabas en torno al revocatorio, el nivel de estupidez burocrática en que se fundamenta la negociación política, han dejado, de nuevo, un sabor amargo en la boca con la suciedad adherida a las acciones políticas que marchitan todo atisbo de cultura. El amplio espectro de los llamados ni-ni representa un importante sector de la población defraudado tanto por la gestión presidencial como por la actuación de los dirigentes de la oposición. Para muchos, si con el chavismo la delincuencia llegó al poder, en la oposición perduran los mismos políticos oportunistas de siempre.
El populismo, el clientelismo y la incapacidad gerencial, característicos de nuestra idiosincrasia política, dan cuenta de un pecado anterior, del facilismo y la ingenuidad con que la sociedad venezolana delegó en el Estado el manejo de sus principales riquezas. Como en los cuentos, los tesoros abiertos a los más osados han sido siempre una tentación para toda clase de facinerosos.
AXEL CAPRILES M.