Esta semana todos los venezolanos debemos apostar en nuestra victoria sobre esta nauseabunda forma de autoritarismo. Ese triunfo será únicamente posible si el pueblo no retrocede, asume la ofensiva y avanza para realizar su propio fin. Si por el contrario, no asumimos ese combate, si tenemos miedo a la libertad, si vacilamos, nos perderemos inevitablemente en el oscurantismo y estaremos condenados al fracaso como nación.
Hemos sido gobernados por los menos capaces, despojados de toda nuestra posibilidad de progreso y desarrollo económico y social (más allá de algunos destellos fugaces) y sumidos en una total carencia de valores que nos han conducido hacia el despeñadero. En estos tiempos difíciles en que esta nación parece haber despertado del letargo de siglos y se prepara para enfrentar un combate de ideas y de hechos por su libertad y por su futuro, debemos convencernos que un pueblo dueño de una voluntad y un pensamiento auténticamente propio estará mejor preparado para asumir decisiones racionales evadiendo las contradicciones y las consecuentes caídas en procesos dominados por populistas y demagogos. Solo así podremos entablar una verdadera resistencia cívica, un frente abierto que permita la cohabitación de las más variadas formas de pensar.
Aprendamos a reconocer las diferencias que existen entre los ideales genuinos y los ficticios. Los ideales genuinos expresan el deseo de alcanzar propósitos que favorezcan el desarrollo, la libertad y la felicidad de la sociedad en general mientras que los ficticios, si bien subjetivamente representan experiencias atrayentes, en realidad resultan perjudiciales para la vida.
La pobreza, la intimidación, el aislamiento y el llamado a la violencia son ideales que maneja esta “revolución” y que son claramente ataques contra la vida misma. Nosotros, los ciudadanos de todas las convicciones debemos luchar por la defensa de los valores de tolerancia y responsabilidad cívica.
Nunca se ha abusado más que ahora de las palabras para ocultar la verdad. Las palabras democracia, libertad y revolución llegan a ser objeto de tal abuso. El objetivo claro de este régimen es subordinar a la sociedad a sus propósitos de dominio.
Este pueblo se encuentra aislado, abrumado por las dudas y los conflictos, ahogado por sentimientos de soledad e impotencia, preso en las cadenas de su propia autodestrucción. Perdido en el limbo, camina mansamente hacia el precipicio. ¿Cómo entender a una “revolución” que mata de hambre a un pueblo, que no combate la corrupción, antes la fomenta, y que deja que un país se pierda en conflictos sin fin promoviendo la intolerancia y la anarquía?
La victoria de la libertad es solamente posible si la democracia llega a constituir una sociedad en la que el pueblo, su desarrollo y felicidad constituyan el fin y el propósito de su cultura y en la que ese mismo pueblo no se vea subordinado ni sea objeto de manipulaciones por parte del poder.
Por eso ¡prohibido fallar Venezuela!
NELSON AMARAL DUARTE
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