La arremetida contra la oposición, que se expresa en todo tipo de atropellos, judicial, militar, político y electoral, pudiera ser interpretarse como reacción normal en un país donde los gobiernos democráticos muchas veces no se distinguieron por su escrupuloso apego a las normas y el respeto a los derechos humanos. Sin ir muy lejos, durante su primer gobierno Rafael Caldera vulneró la autonomía de la Universidad central de Venezuela y los relatos sobre torturas, malos tratos, asesinatos y otros latrocinios, están escritos y en ocasiones debidamente documentados, en un récord del cual pueden escapar muy pocos de los presidentes que gobernaron desde el 23 de enero.
También es cierto que los recursos jurídico legales fueron desplegados cuando se olfateaba cualquier peligro capaz de poner bajo riesgo la estabilidad del acuerdo al cual llegaron los jefes políticos y fue así como se decidió inhabilitar políticamente a Pérez Jiménez para impedirle el acceso al poder a través de la vía electoral.
La democracia representativa siempre puso a funcionar sus anticuerpos a la primera señal de alarma y la subversión guerillera de los 60 fue derrotada inapelablemente, al igual que antes las intentonas golpistas, tanto de derecha como de izquierda y los posteriores coletazos, que hasta finales de los 70, alteraron, cada vez con menos fuerza, la estabilidad de un sistema que se consideraba definitivo.
El apoyo de la población fue una clave del éxito de los gobiernos que con mayor o menor grado de arbitrariedad pudieron conjurar las amenazas representadas por movimientos empeñados en imponer el modelo cubano de revolución o variaciones que iban desde la subversión albanesa del maoísmo encarnada por Enver Hoxha, hasta los paladines de la idea suche (no suchi) que irradiaba desde Corea del Norte, pasando por el Tercer Camino de Douglas Bravo. Nunca se pudo contagiar a la gente con la fiebre de la utopía en sus diferentes empaques y sólo fue incorporándose a la "democracia burguesa" y a sus reglas de juego, que la izquierda levantó cabeza con el proyecto de socialismo democrático representado por el MAS.
Todo esto viene a cuento porque Chávez accedió al poder con votos y no con armas, lo cual nos indica que, con todas sus taras, la democracia representativa permitió cambios y relevos sólo dentro del marco de sus propias leyes. Ahora, para perpetuarse en el poder el gobierno combina las tracalerías jurídicas, el manejo despótico de los poderes, el atropello militar, la intimidación, el chantaje y la tortura. Sólo que esta arbitrariedad de nuevo tipo no está dirigida contra subversivos lanzados al monte o generales golpistas, sino contra toda una sociedad que pretende impulsar el cambio político a través de la única forma civilizada conocida.
La supremacía moral con la cual Rómulo Betancourt podía justificar violaciones de derechos humanos contra quienes pretendían desalojarlo del poder, aquí y ahora no existe. Primero porque la lucha es electoral y segundo porque el gobierno no defiende un sistema democrático sino un proyecto autoritario y personalista que casi nadie quiere. El intento de impedir los reparos no sólo es un delito sino un crimen propio de las dictaduras que terminará abortando porque si la democracia es un problema estadístico, también lo es de voluntad y, si me permiten el término, de bolas.
ROBERTO GIUSTI
Publicado por Nelson Amaral Duarte em Mayo 25, 2004 10:08 PM