Un segmento de ciudadanos continúa negado a comprender la necesidad de exponer en diciembre la falsedad de la imagen de hegemonía, fraguada y proyectada con minucioso esfuerzo por el presidente de la República.
Si en este momento tal apariencia tiene efectos demoledoramente peligrosos en el plano interno y externo, basta un frío vistazo prospectivo para distinguir la ilegitimidad que, doméstica y externamente, se le atribuirá a todo ejercicio opositor contra el modelo que Chávez impondrá sin dificultad, justo en virtud de su tramposa condición de "hegemón".
Embalado en su engañosa hegemonía _que siendo artificial conseguirá enmascararse como auténtica por la indiferencia de un electorado opositor empeñado en el espejismo paralizante del "vete ya"_, el jefe del Estado podrá entonces forzar la marcha de un modelo que tiene resistencias hasta en su propio mercado, y lo que es peor, castigar la "ilicitud" e "ilegalidad" de las opiniones e iniciativas de quienes objetan un proyecto que, entonces, estará "refrendado" por "su" votación popular.
Así, la asistencia electoral de la población opositora adquiere un nuevo sentido. Se trata de advertirle al oficialismo que su intento de someter a los ciudadanos a un sistema que no posee el consenso de todos los factores de la sociedad, puede costarle caro. Lo esencial es que el costo de esa factura dependerá de la cantidad de gente que acuda a las urnas, en plan de probar que en Venezuela no existe hegemonía alguna y que, por tanto, el oferente del modelo ha de aceptar como legítima la oposición contra éste.
En este caso, los votos sólo sirven como mecanismo de confirmación de la existencia de un obstinado espíritu de rebeldía, frente a la pretensión de imponer un esquema de desarrollo indeseado por una gruesa franja del país, en la cual ya comienzan a incluirse factores nada desdeñables de la población chavista.
La sospecha de un socialismo que en su asomo contradice la esperanza de movilidad social sembrada por el Presidente, envuelve hoy en temores a los trabajadores y obreros que han hecho parte del electorado revolucionario en anteriores mediciones. Su inquietud constituye una clara oportunidad para los opositores, en tanto que tienen a la mano la ocasión de oro para agregarle a las agrestes batallas próximas una nueva fisonomía: un rostro adecuado para el objetivo de ensanchar sus territorios sociales y los campos de influencia de su mensaje.
Si el chavismo descontento sólo percibe la presencia de una hegemonía tangible e indiscutida, allí permanecerá, amparado en el silencio. Exponer en las urnas la artificialidad de tal hegemonía, significa decirle a aquellos trabajadores y obreros desengañados por la oferta de Chávez, que no están solos. Que su temor, sumado al de otros, tendrá el efecto movilizador de una revuelta de pueblo. Que sus voces transformarán la calidad y eficiencia de la batalla democrática. Que su incorporación encenderá un poderoso motor para reivindicar la legitimidad de la demanda de un cambio del cambio.
Si no hay votos, la existencia de los adversarios seguirá siendo virtual, casi hipotética. Y si ello es así, el chavismo arrepentido desarmará sus maletas para quedarse donde está. Quedarse será preferible que hundirse en la anomia por falta de un espacio para pelear. Así, pues, no es solo a Hugo Chávez a quien hay que convencer de que la oposición sí existe.
ARGELIA RIOS/CATALEJOS
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